América Latina necesita mercados laborales modernos

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Ningún país puede desarrollar su máximo potencial económico y social en una economía globalizada, si su sistema laboral está fragmentado, mal regulado (o desactualizado) y con altas tasas de informalidad.

Hace algunos años, llegó a mis manos un libro que fue trascendente en mi formación: La construcción social de la realidad, de Peter Berger y Thomas Luckmann.

Se trata de un texto de lectura imprescindible para los sociólogos o quienes muestren interés por el abordaje sociológico.

El concepto de trabajo puede abordarse de acuerdo a este marco metodológico.

Existe una construcción social del concepto de trabajo.

Esta es flexible, se va modificando con el tiempo, es permeable a la cultura (como modo de hacer, pensar y sentir). Es parte de las distintas ‘realidades’ que solo pueden entenderse en relación con las diferencias entre las sociedades. Se trata de concebir un diálogo permanente con la historia, la filosofía y la economía.

La idea de trabajo, según explica de manera sencilla, y, a la vez, con gran riqueza técnica el doctor Ricardo Foglia en alguna de sus exposiciones, tiene un punto de inflexión muy claro en 1973 a raíz de la crisis del petróleo.

Antes de la década de los 70, como la demanda de bienes superaba la oferta, el crecimiento de las empresas era vegetativo y estaba ajustado al sistema de producción taylorista-fordista.

De esta manera, la ecuación del contrato de trabajo era obediencia y laboriosidad a cargo del trabajador (si tomamos como ejemplo la legislación argentina, los Arts. 64, 65, 66, 67, 70, 83, 84, 85, 86, 88 y 89 LCT), y la estabilidad, responsabilidad de la empresa (Arts. 91, 245 de la LCT del mismo país). Un sistema de producción sostenido por empresas con estructuras piramidales.

En 1973, y a raíz de la crisis del petróleo, se incorpora, de manera masiva, la tecnología a los procesos productivos, generándose un creciente fenómeno de globalización, ya que el mercado pasó a ser el mundo frente a la insuficiencia de los mercados nacionales en función del incremento de la producción, derivado de la tecnología.

Así, la oferta comenzó a superar la demanda e irrumpió un nuevo sujeto, actor social que se volvería clave: el consumidor. Es este quien con sus acciones y omisiones, comienza a definir el destino de las compañías.

A partir de esto, las empresas ya no pueden asegurar la denominada estabilidad laboral, y la obediencia y laboriosidad del trabajador ya no garantiza el éxito del negocio. La empresa abandonó su morfología piramidal, se volvió más plana y parecida a una telaraña.

Comienzan a aparecer nuevos actores en un proceso de descentralización productiva. Las variables claves del nuevo contrato de trabajo son: oportunidad de desarrollo (que brinda la empresa) e iniciativa (del trabajador, para crecer en ella).

No basta con cumplir órdenes, se vuelve imperioso ser activo, proactivo y colaborativo para el éxito de la empresa en la que se está inserto o en la que se presta servicio, para, a la vez, conseguir éxito personal.

Es claro que ningún país puede desarrollar su máximo potencial económico y social en una economía globalizada, si su sistema laboral está fragmentado, mal regulado (o desactualizado) y con altas tasas de informalidad.

La ausencia de un mercado laboral moderno, eficiente e inclusivo genera una señal de alerta para América Latina, si pretende consolidar su crecimiento.

Hoy, en nuestra región, existen altos niveles de desempleo para los jóvenes, vergonzosas tasas de informalidad, necesidad de nuevos conocimientos para nuevos trabajos (empleabilidad) y muy poca movilidad (profesional y geográfica), que genera un riesgo de mayor segmentación en el mercado, bajas tasas de participación y la importancia de conciliar diversas formas de relaciones laborales con condiciones dignas de trabajo, en términos de los que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) llamó “trabajo decente”.

Las agencias privadas de empleo, sin duda, facilitan la adaptación a esos cambios estructurales en la región.

Son parte de la agenda de trabajo decente que impulsa la OIT.

Necesitamos en todos nuestros países que las empresas que proveen este tipo de servicios puedan constituirse en agencias privadas de empleo a través de la ratificación de la Convención 181 de la OIT.

Esta garantiza los estándares mínimos de funcionamiento para este sector clave y fue redactada por los mandantes del organismo internacional (gobiernos, trabajadores y empresas) a través del diálogo social.

Los trabajadores y los empleadores necesitan un intermediario que reaccione de manera inmediata para ajustar la oferta y la demanda de forma eficaz, y asegurar que se mantenga el más alto nivel de participación en el mercado laboral.

 

 

Fuente: portafolio.co

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